En los ámbitos profesionales siempre se ha defendido – y con razón – la importancia que tiene el desarrollo del conocimiento para poder brindar a la comunidad un servicio de excelencia. Por ello normalmente los Colegios Profesionales exigen a sus agremiados la participación permanente en cursos de actualización en las materias de su incumbencia, a fin de mantener la vigencia de sus matrículas profesionales.
Por Jorge A. Mc Loughlin | Hogar Es Noticia | 08 Octubre 2013
Como resultado de estas y otras evaluaciones, muchas veces voluntarias, se emiten certificados que permiten al usuario de un servicio profesional, contar con un parámetro que servirá como indicador de la idoneidad que tiene el profesional en cuestión.
Ahora bien – aun cuando no debieran plantearse en modo alguno como atributos excluyentes – muchas veces me he preguntado que es más importante para el usuario de un servicio: contratar un profesional (o empresa) idónea o un profesional (o empresa) ética.
Empezaremos por señalar que la Real Academia Española en una de sus acepciones define a la palabra “ética” como el Conjunto de normas morales que rigen la conducta humana.
Esta acepción es precisamente la que utiliza para referirse a la ética profesional, que es la base a partir de la cual se construye la “ética empresarial”.
Es una verdad de “perogruyo” que no se puede lograr esta última si la conducta humana no se sujeta previamente a este conjunto de normas morales.
En este contexto es de suponer que una persona ética que ejerce algún servicio profesional o que dirige una empresa, deberá preocuparse por adquirir y desarrollar los conocimientos que permitan ofrecer mejores servicios o productos a sus clientes.
En sentido contrario, no podemos suponer que una persona con afán de conocimientos tenga, como consecuencia, un comportamiento ético.
En nuestro andar por el mundo de los negocios, seguramente no nos encontraremos con nadie que, al menos en forma pública, se manifieste contra la ética. Pero no es tan difícil encontrar a quienes miran con sarcasmo, con escepticismo, o en el mejor de los casos con una benévola mirada de ingenuos, a quienes entendemos que la ética puede generar ventajas competitivas en el ámbito empresarial y que por el contrario, el comportamiento no ético, puede provocar tremendos desastres en las organizaciones y en la sociedad toda.
Basta recordar el caso de algunas grandes multinacionales como Enron, Parmalat o más recientemente y en el propio ámbito mexicano, el caso de los sobornos de Wal-Mart o la participación de HSBC en los procesos de lavado de dinero que, por actuar de manera no ética, y no por falta de conocimientos, provocaron tremendas consecuencias para sus propias instituciones, accionistas, directores y empleados.
Otro ejemplo, en el ámbito del crédito hipotecario de vivienda, son las nefastas consecuencias de la denominada crisis subprime que aún se sufre en buena parte del mundo. En lo personal, no tengo ninguna duda que la falta de comportamiento ético –muchas veces manifestado por los perversos sistemas de incentivos al personal que la propia Banca debiera revisar- fue uno de las causas principales y más profundas de esta crisis que, como todas ellas, afecta a los sectores más vulnerables de la población.
Por ello, no querer reconocer la importancia de la ética en los negocios o considerar la supremacía del conocimiento sobre la ética, ya no debiera ser una opción válida.
Mucho podríamos decir sobre la ética de los negocios, pero en definitiva son básicamente dos las estrategias que ante ella pueden seguir las organizaciones:
a) La estrategia del cumplimiento que consiste en el apego a las leyes y que no necesariamente refleja un comportamiento ético.
b) La estrategia de la integridad que consiste en el cumplimiento por convicción y por ende de forma voluntaria de valores más exigentes de los que establece la propia legislación.
La falta de un comportamiento ético es la puerta grande de la corrupción. Hay quienes piensan como Maquiavelo que lo mejor para combatir la corrupción es gobernar por el miedo, en total oposición al principio Aristotélico de gobernar por la virtud.
El miedo –por ejemplo a las penas corporales– puede surtir efecto en el corto plazo. Pero en el largo plazo, serán más los problemas que las soluciones. El miedo puede ser condición necesaria pero no suficiente para desterrar los males de nuestra sociedad. De lo contrario no existiría el flagelo del narcotráfico ni tantos crímenes aberrantes que vemos cotidianamente, ni tampoco a ciertos grupos que dicen ser docentes y arrasan sin respeto alguno contra los derechos y propiedades de terceros, olvidando aquello de que “el respeto al derecho ajeno es la paz”.
En cambio, no debería existir motivación más fuerte que la íntima satisfacción de haber tomado en cada caso la decisión correcta, la convicción de que trabajando bien – no se piden actos heroicos – y en forma solidaria, se fomentan los que seguramente son nuestros valores más importantes: la familia, la comunidad y el orgullo profesional por lo que uno hace.
En un mundo donde son muchas las empresas en condiciones de brindar “servicios de excelencia”, en un mundo donde las prácticas profesionales o los servicios ofrecidos por las empresas cada vez se asemejan más a un “commodity”, paradójicamente en este mundo donde lo material prevalece sobre lo espiritual, la diferenciación capaz de crear ventajas competitivas, la puede provocar el comportamiento ético de las personas y de las empresas, comportamiento que se reflejará en la reputación de ellos y por ende en la preferencia del púbico en general.
Le ética en los negocios puede generar estas ventajas competitivas. Su ausencia en cambio, puede provocar tremendos desastres, muchos de los cuales se han desarrollado ante nuestros propios ojos.
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